• Cómo mantener la fe en momentos de dificultad

    Hay momentos en la vida en los que todo parece más pesado de lo normal. El cuerpo se cansa, la mente se agota, y el corazón siente que no hay salida. Puede ser una enfermedad que te frena, un cambio inesperado que te sacude, o simplemente días en los que te preguntas cómo vas a seguir adelante. Mantener la fe en esos momentos no es fácil, pero sí posible… y puede ser lo que te sostenga cuando todo lo demás parece desmoronarse.

    1. Reconoce tus emociones, no las ignores

    Primero que nada: está bien sentirte triste, cansada, frustrada o incluso enojada. La fe no significa tener que sonreír todo el tiempo ni fingir que todo está bien. La fe comienza cuando aceptamos lo que estamos viviendo y decidimos seguir adelante a pesar de ello.

    Tip práctico: Cuando sientas que te invade la preocupación o el miedo, respira profundo y di en voz alta: “Esto es difícil, pero puedo atravesarlo.” Solo nombrar lo que sientes ya es un acto de fe.

    2. Encuentra pequeñas fuentes de esperanza cada día

    No necesitamos gestos enormes para alimentar nuestra fe. A veces, un café caliente por la mañana, un mensaje de alguien que te quiere, escuchar tu canción favorita o simplemente un momento de silencio en el que puedas respirar profundamente, son suficiente. Son pequeñas anclas que te recuerdan que aún hay cosas buenas en medio de la dificultad.

    Ejercicio sencillo: Cada noche escribe una cosa que fue buena durante el día. Puede ser algo tan simple como: “El sol entró por mi ventana y me hizo sonreír” o “Mi hijo me abrazó hoy”. Poco a poco, esos pequeños recuerdos se vuelven un hilo invisible que sostiene tu fe.

    3. Rodéate de personas que te apoyen

    Nadie está hecho para cargar todo solo. Compartir tus miedos, dudas y frustraciones con alguien que te escuche de verdad no te hace débil; te hace humana. La fe se fortalece en comunidad, porque ver que otros han pasado por lo mismo y sobrevivido, nos recuerda que sí es posible salir adelante.

    Tip práctico: Haz una lista de personas con las que puedas hablar cuando te sientas vulnerable. No tienes que hablar todos los días, solo saber que están ahí puede darte una sensación de seguridad y fuerza.

    4. Recuerda tus victorias pasadas

    Cuando la dificultad nos atrapa, es fácil olvidar que hemos superado momentos complicados antes. Hacer memoria de lo que ya lograste nos ayuda a confiar en nuestra propia resiliencia.

    📖 Ejercicio: Escribe al menos tres momentos en los que pensaste “no voy a poder” y al final sí lo lograste. Revísalos cuando sientas miedo o dudas. Te sorprenderá cuánto poder y valentía tienes dentro de ti.

    5. Practica la fe en acción

    A veces creemos que la fe es solo un sentimiento, pero se fortalece con pequeñas acciones diarias:

    • Levantarte a pesar del cansancio.
    • Hacer algo amable por ti o por alguien más.
    • Cuidarte: dormir, comer, caminar, meditar.
    • Aceptar ayuda cuando te la ofrecen.

    Cada uno de estos pasos, por pequeño que parezca, es una forma de decirle al mundo —y a ti misma— que crees que puedes seguir adelante.

    6. Sé paciente y compasiva contigo misma

    La fe no es perfección. Habrá días que te sientas fuerte y capaz, y otros que solo quieras esconderte bajo las sábanas. Todo eso está bien. La fe verdadera convive con la duda, con la incertidumbre, y a veces incluso nace de ella. La paciencia y la compasión hacia ti misma son, de hecho, la mejor forma de mantenerla viva

    Mantener la fe en momentos de dificultad no significa que los problemas desaparezcan, ni que siempre veas la luz al final del túnel. Significa elegir dar un paso a la vez, confiar en que tienes la fuerza para seguir, y recordar que cada pequeño gesto de cuidado propio es un acto de valentía. La fe no es un milagro que borra el dolor; es la mano invisible que te acompaña mientras aprendes a caminar de nuevo.

  • La maternidad como misión: una mirada que libera

    Durante mucho tiempo pensé que ser madre significaba poder con todo. Que si me cansaba, si me equivocaba o sentía que no llegaba a todo, estaba fallando. Caminaba con la sensación de que la maternidad era más una obligación que un regalo.

    Con el tiempo y con fe, descubrí algo diferente: la maternidad es una misión, y verla así cambia todo. No significa que todo sea fácil ni perfecto, pero sí que cada momento, incluso los difíciles, tiene sentido y nos enseña algo valioso.

    Cuando empezamos a vivir la maternidad como misión, dejamos de enfocarnos en cumplir listas interminables y comenzamos a enfocarnos en acompañar, enseñar y aprender junto a nuestros hijos. No se trata de hacerlo todo perfecto, sino de hacerlo con intención, con amor, y entendiendo que equivocarse también es parte del camino. Pedir ayuda no es un fallo, sino un acto de responsabilidad y cuidado que nos fortalece.

    Ver la maternidad como misión: un camino que enseña y libera

    Vivir la maternidad como misión significa cambiar la mirada sobre lo cotidiano. En lugar de decirnos “tengo que hacer todo bien”, podemos decirnos: “hoy elijo acompañar”. Ese simple cambio transforma la experiencia: deja espacio para respirar, aprender y disfrutar de los momentos pequeños que muchas veces pasan desapercibidos.

    Un caso que veo mucho entre madres amigas: Ana, madre inmigrante, me contaba que se sentía agotada tratando de criar a sus hijos entre dos culturas. Se sentía culpable cuando no hablaba suficiente su idioma natal con ellos, o cuando no lograba que entendieran algunas costumbres. Con el tiempo, aprendió a ver su esfuerzo como una misión que suma valores y experiencias, no como un fallo. Esa mirada le permitió disfrutar más de la crianza y sentirse más conectada con sus hijos y consigo misma.

    Desde la fe católica, la maternidad es un llamado confiado por Dios, no una exigencia imposible. Esto significa que nuestros límites son humanos, que los errores no nos definen y que la gracia nos acompaña en cada paso. Cada sonrisa compartida, cada conversación, cada abrazo se convierte en una oportunidad de enseñar y transmitir valores.

    Ver la maternidad como misión también libera de la culpa. La culpa aparece muchas veces, pero no es un castigo; es solo un recordatorio de que queremos hacerlo bien. Aprender a distinguir entre responsabilidad y autoexigencia nos permite vivir con más paz y menos presión, disfrutando de cada pequeño avance y cada momento juntos.

    Cómo vivir la maternidad con intención sin perder tu identidad

    Ser madre no significa desaparecer. Nuestros hijos no necesitan una madre perfecta ni agotada; necesitan una madre real, presente y consciente. Cuando nos cuidamos, enseñamos a nuestros hijos a cuidarse. Cuando reconocemos nuestros errores, enseñamos humildad. Cuando ponemos límites, enseñamos respeto.

    Un ejemplo real: Carolina, madre de dos adolescentes, compartió que sentía que siempre debía darlo todo y que nunca estaba “suficiente”. Con pequeños cambios, empezó a tomar media hora cada mañana solo para ella, rezando o leyendo. Al principio sentía culpa, pero sus hijos pronto notaron que estaba más tranquila, más paciente, y eso mejoró la relación familiar.

    Pequeños hábitos diarios pueden marcar la diferencia:

    • Cambiar el “tengo que” por “hoy elijo acompañar”.
    • Pedir ayuda cuando la necesitas, sin culpa.
    • Tomar pausas para respirar, reflexionar o rezar.
    • Recordar que educar es un proceso, no un examen que hay que aprobar.

    La maternidad como misión nos permite ver cada día como una oportunidad de aprender y crecer junto a nuestros hijos, de enseñar con paciencia y de vivir con sentido, incluso en medio del cansancio. Nos recuerda que no estamos solas en este camino: Dios, la fe y la comunidad nos acompañan y sostienen.

    Al final, la maternidad no es solo criar hijos; es un camino que transforma, enseña y acerca al amor y la gracia, un viaje lleno de significado y libertad que nos permite vivir con intención y alegría.

    Si algo de lo que comparto aquí te resuena, comparte tus experiencias, tus dudas y tus pequeños logros; aprendamos juntas a vivir la maternidad como misión y no como obligación.

    Déjame un comentario contando cómo vives tu maternidad día a día.

  • El matrimonio no es perfecto

    ( Es hogar y eso lo cambia todo)

    Amiga, nadie entra al matrimonio pensando en sobrevivir, entramos soñando con amor, con risas, con un “para siempre” que se siente grande y bonito. Pero con el tiempo entiendes algo importante: el matrimonio no es un cuento perfecto, es un hogar. Y los hogares no se sostienen solo con amor… se sostienen con presencia.

    Un hogar no siempre huele a flores. A veces huele a cansancio, a café frío, a silencios largos. Y aun así, sigue siendo hogar.

    Yo antes pensaba que el matrimonio debía sentirse siempre bien, Creía que si algo dolía o costaba, era señal de que algo iba mal.

    Pero no Amiga hoy entiendo que lo que de verdad importa no es que todo sea fácil, sino saber dónde descansar cuando no lo es.

    El matrimonio no es el lugar donde todo sale perfecto, es el lugar donde puedes quitarte la armadura.

    Un hogar se construye en lo pequeño

    No se construye solo con grandes decisiones, sino con detalles diarios:

    — Con alguien que te espera, incluso cuando no llegas bien.

    — Con palabras que no hieren, aunque estés cansada.

    — Con silencios que no incomodan.

    Una amiga me dijo una vez:

    “Entendí que mi matrimonio era un hogar cuando dejé de intentar que todo fuera bonito y empecé a hacerlo habitable.”

    Y qué verdad tan grande.

    Hogar no es ausencia de conflicto

    Amiga, los hogares reales tienen discusiones, desacuerdos y días grises.

    La diferencia está en cómo se vive eso.

    En un hogar no se gana, se cuida.

    No se huye, se queda.

    No se grita para imponerse, se habla para entenderse.

    El matrimonio como hogar no es perfecto, es seguro.

    Cuando el matrimonio deja de ser escenario y se vuelve refugio

    Hay un momento —no sabría decirte cuándo— en el que dejas de actuar y empiezas a ser.

    Cuando ya no necesitas demostrar nada. Cuando puedes decir “hoy no puedo más” sin miedo a decepcionar.

    Eso es hogar.

    Y construirlo lleva tiempo, errores, perdones y mucha paciencia. Pero vale la pena.

    Para las que están cansadas

    Si hoy sientes que tu matrimonio está más en modo supervivencia que en modo hogar, déjame decirte algo con cariño: los hogares se ordenan poco a poco.

    Con conversaciones pendientes.

    Con gestos sencillos.

    Con decisiones pequeñas que, repetidas, cambian el clima.

    No todo se arregla en un día, pero todo puede empezar hoy.

    Para cerrar, amiga…

    El matrimonio no es un lugar para brillar todo el tiempo, es un lugar para descansar juntos.

    No es un escaparate, es una casa vivida.

    Y como todo hogar, se construye, se cuida y se vuelve a elegir.

    💬 Cuéntame:

    ¿Qué hace que tu matrimonio se sienta hogar?

  • Las conversaciones que importan antes del matrimonio

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    conversaciones que dan un poco de miedo (pero alivian después)

    Amiga, ven, siéntate un momento.

    Esto no es un consejo de experta ni una lección de vida. Es una conversación sincera, de las que se tienen cuando ya se ha vivido un poco y se mira atrás con cariño… y con verdad.

    Antes de casarnos hablamos de muchas cosas, pero curiosamente evitamos las más importantes. No porque no importen, sino porque pensamos: “ya se verá”, “cuando llegue el momento lo hablamos”, “el amor puede con todo”.

    Y sí, el amor puede con mucho. Pero no con el silencio.

    Yo también pensé que no hacía falta hablar tanto te confieso algo: durante mucho tiempo creí que si tenías que hablar demasiado de ciertos temas, algo no iba bien. Que cuando es amor de verdad, todo fluye solo.

    Error.

    El matrimonio no te pone problemas nuevos, te pone delante lo que nunca hablaste. Y cuando eso aparece sin aviso, duele más.

    Las conversaciones que da miedo tener (pero alivian después)

    Hay charlas que incomodan, que remueven, que hacen pensar. Y precisamente por eso son necesarias.

    Hablar del dinero, por ejemplo.

    No es ser materialista, es ser realista. Cada una viene de una historia distinta y eso pesa más de lo que creemos.

    Hablar de los hijos.

    No solo si quieres tenerlos, sino cómo los imaginas, qué te da miedo, qué no estás dispuesta a repetir de tu infancia.

    Hablar de la familia.

    De los límites, de las visitas, de lo que necesitas para sentirte en paz.

    No es buscar pelea. Es conocerse de verdad.

    “Si lo hubiera sabido antes…”

    Esa frase la he escuchado demasiadas veces.

    De amigas que aman a sus esposos, pero que desearían haber hablado antes. No para echar atrás nada, sino para haber llegado con menos golpes y más herramientas.

    Porque cuando no se habla antes, se habla después… pero con cansancio, con prisas y con heridas.

    Amar también es atreverse a hablar, Hablar no rompe relaciones.

    Rompe la idealización, sí. Pero eso no es malo. Porque lo que se construye desde la verdad es más fuerte.

    El amor que dura no es el que evita los temas difíciles, es el que se queda cuando aparecen.

    Y si ya estás casada, esto también es para ti

    No llegas tarde. Nunca.

    Siempre hay conversaciones que se pueden retomar mejor, con más calma, con más cariño y menos orgullo.

    El matrimonio no necesita perfección, necesita espacios seguros para hablar.

    Para cerrar, amiga…

    Si estás en una relación seria, regálense tiempo para hablar sin prisas, sin pantallas y sin miedo. Y si ya estás casada, quizá este sea el empujoncito que necesitabas para sentarte a conversar de verdad.

    💬 Cuéntame: ¿Qué tema crees que debería hablarse siempre antes del matrimonio ?

  • Las Cosas Bonitas del Embarazo que Nadie te Cuenta

    Amiga si estás leyendo esto, probablemente estés embarazada, quieras estarlo, o simplemente tengas curiosidad por este mundo tan mágico y a veces confuso que es el embarazo. Hoy quiero hablarte desde el corazón, como si estuviéramos tomando un café y compartiendo secretos de madres. Porque sí, el embarazo es bonito… pero también viene cargado de ideas extrañas, consejos que no pediste y una montaña rusa de emociones.

    Las cosas bonitas que nadie te cuenta

    Sentir la vida dentro de ti: No hay nada comparable a esos primeros movimientos, cuando tu bebé empieza a patear o girar. Es un recordatorio diario de que estás creando algo increíble, algo que cambiará tu mundo para siempre.

    El Trato preferencial: Si amiga es muy bonito pero a veces puede agobiar un poco, todos quieren cuidarte, mimarte, tener un trato diferente porque si, la verdad es que aunque te sientas con mucha energía sobre todo los primeros meses , la verdad es que tu cuerpo está haciendo un trabajo extra. Así que si déjate mimar.

    Tu cuerpo tiene superpoderes: Aunque duela reconocerlo en medio de antojos y cansancio, tu cuerpo está haciendo cosas extraordinarias: crecer un ser humano, adaptarse, y prepararse para el parto. ¡Eso merece un aplauso diario! Desde mi experiencia , hay veces que quieres comerte el mundo y otros que no puedes con nada.

    La familia y los pequeños detalles: Ver la emoción de tu pareja, tus hijos mayores o tus padres cuando sienten al bebé moverse, escuchar nombres que se inventan para él… son momentos que se quedan grabados para siempre.

    Algunos mitos que es mejor olvidar

    “No debes comer esto o aquello”: Claro, hay alimentos que es mejor evitar, pero no todo lo que escuchas es cierto. La información fiable siempre viene de tu médico o matrona.

     “ Debes Comer por dos” :No Amiga no debes comer por dos, es cierto que se puede sentir más hambre de lo normal, porque el metabolismo se acelera para satisfacer las demandas de desarrollo fetal, lo que se traduce en un mayor consumo energético, come más saludable, pero sobre todo disfruta de tu embarazo y date tu capricho de vez en cuando.

    “El embarazo te cambia para siempre”: Sí, tu vida cambia, pero no eres otra persona. Sigues siendo tú, solo que ahora con más fuerza, paciencia y amor.

    “Todo tiene que ser perfecto”: Spoiler: nada es perfecto. La maternidad y el embarazo son un aprendizaje constante. Lo importante es tu bienestar y el del bebé, no cumplir estándares imposibles.

    Momentos contradictorios (y normales)

    Es normal sentir miedo y alegría al mismo tiempo. Algunos días todo parece mágico, y otros solo quieres dormir o llorar sin razón aparente. Tu cuerpo y tu mente están llenos de hormonas, y eso está bien. Lo importante es reconocer esos sentimientos y dejarte sentirlos.

    Tips para disfrutar más este viaje

    Escucha tu cuerpo y descansa cuando lo necesites.

    Comparte tus emociones con alguien de confianza.

    No te compares: cada embarazo es único.

    Celebra los pequeños hitos: primera patadita, primera ecografía, primera vez que te dicen “¡felicidades!”.

    💛 Al final, el embarazo es un viaje de amor, descubrimiento y aprendizaje. Disfrútalo, ríe, llora, sueña… y recuerda que no estás sola.

    Si te ha gustado este espacio, comparte tu experiencia en los comentarios. Me encantaría leer cómo vives tu embarazo y qué momentos te hacen sonreír cada día.

    Quédate en los comentarios

    Bienvenid@s a Oh Mother Mine!

  • 7 cosas que me hubiera gustado saber antes de ser madre (nadie te lo dice)

    (Las que nadie te dice y cambian la forma en que te miras)

    7 cosas que me hubiera gustado saber antes de ser madre

    Amiga, antes de ser madre pensé que lo más difícil serían las pocas horas de sueño, porque claro, lo de cambiar pañales y atender el llanto de esa esa personita, no se compara con las pocas horas de sueño, sobre todo a cierta edad querida!

    Nadie te dice que lo más chungo no es visible a simple vista sino que pasa más desapercibido, porque si, la maternidad te transforma desde dentro, Te rompe un poco, te reconstruye, te enfrenta a miedos que no sabías que existían pero también te regala un amor que no se parece a ningún otro.

    Hoy yo quiero contarte 7 cosas que me hubiera gustado saber antes de ser madre, sin filtros, sin frases bonitas de manual. Para que, si estás en este camino, no te sientas rara, ni sola, ni insuficiente, porque de esto si que somo expertas las madres.


    1. No siempre sientes amor inmediato (y eso no te hace mala madre)

    Nos cuentan que el amor llega en el primer segundo, que todo es idílico desde el primer momento, que ves a tu bebé y todo encaja, pero déjame decirte querida desde mi experiencia y la de muchas mujeres es que no, de que lo primero que aparece es el miedo, el shock, el cansancio o esa sensación silenciosa de: “¿Esto es real?”, Y entonces llega una compañera que te acompañará por siempre : la culpa.

    Ojalá alguien me hubiera dicho que el amor también se construye.
    Que nace en los cuidados diarios, cuando sientes ese olor de bebe recién nacido en las noches interminables, en conocer poco a poco a ese ser nuevo… y a la madre que tú estás siendo.

    2. El cansancio no se quita durmiendo

    Dormir poco es duro, sí, pero hay un cansancio más profundo del que casi nadie habla. El cansancio de estar siempre alerta, de pensar por otros, de no desconectar nunca del todo.

    Ese cansancio que te vuelve más sensible, más irritable, más vulnerable. No es que no puedas con la maternidad, es que la maternidad exige muchísimo, a demás recuerda que las hormonas hacen lo suyo también.

    Reconocerlo no te hace débil. Te hace honesta.

    3. Llorarás… incluso en los días felices

    Llorarás cuando no puedas más, pero también llorarás mirando a tu hijo dormir.

    Las hormonas, el cambio de vida, la responsabilidad y el amor inmenso se mezclan.
    Y llorar no significa que te arrepientas significa que te importa profundamente.

    Ojalá alguien me hubiera dicho que llorar también es parte del proceso de ser madre.


    4. Dudarás de ti más de lo que imaginabas

    Dudarás cuando sigas tu instinto.
    Dudarás cuando escuches consejos contradictorios.
    Dudarás incluso cuando hagas lo que sientes que es mejor.

    La maternidad está llena de voces externas… y una voz interna que a veces cuesta escuchar.
    Con el tiempo aprenderás que tu intuición es una aliada, aunque tiemble.

    No necesitas hacerlo como otras madres.
    Necesitas hacerlo como la madre que tus hijos necesitan.


    5. La soledad existe, incluso rodeada de amor

    Puedes estar acompañada y sentirte sola.
    Porque tu mundo cambió de golpe y el resto siguió igual.

    Especialmente durante el embarazo y el posparto, existe una soledad silenciosa de la que casi nadie habla y no, no eres desagradecida por sentirla.

    Hablarlo, pedir ayuda, decir “no puedo sola” también es un acto de amor.

    6. Tu cuerpo cambia… y tu corazón también

    Tu cuerpo no vuelve a ser el mismo. Pero tú tampoco.

    Habrá días en los que no te reconozcas frente al espejo.
    Días en los que te cueste aceptar las marcas, el cansancio reflejado en tu cara.

    Pero ese cuerpo sostuvo vida. Ese cuerpo fue hogar, alimento y refugio.

    Mirarte con ternura también es parte de la maternidad real.


    7. No desapareces… aunque a veces te pierdas

    Durante un tiempo, todo gira en torno a ellos. Y es normal.
    Pero tú sigues ahí.

    Tus sueños, tus gustos, tu identidad no se borran.
    Solo necesitan espacio para volver a florecer.

    Ser madre no te apaga.
    Te transforma.
    Y reencontrarte contigo misma también forma parte del camino.

    Sobre Todo amiga busca otras mamás con las qué compartir esta etapa, a mí me ha ayudado un montón


    Si estás leyendo esto y sientes que alguien puso palabras a lo que tú no sabías cómo decir, quédate con esto:

    💛 Lo estás haciendo mejor de lo que crees
    💛 No necesitas ser perfecta para ser una buena madre
    💛 No estás sola, aunque a veces lo parezca

    👉 Te leo en comentarios:
    ¿Qué cosa te hubiera gustado saber a ti antes de ser madre?

    Y si este texto te acompañó un poquito, compártelo con otra mamá.
    A veces, sentirnos comprendidas lNadie te dice que lo más chungo de la maternidad no es visible a simple vista.
    No se ve desde fuera, no se explica en los libros, pasa más desapercibido.

    Porque sí: la maternidad te transforma desde dentro.
    Te rompe un poco, te reconstruye, te enfrenta a miedos que no sabías que existían…
    pero también te regala un amor que no se parece a ningún otro.

    Hoy quiero contarte 7 cosas que me hubiera gustado saber antes de ser madre, sin filtros y sin frases bonitas de manual.
    Para que, si estás en este camino, no te sientas rara, ni sola, ni insuficiente.
    Porque, seamos honestas, en sentirnos así las madres sí que somos expertas.


    1. No siempre sientes amor inmediato (y eso no te hace mala madre)

    Nos cuentan que el amor llega en el primer segundo.
    Que todo es idílico desde el primer momento.
    Que ves a tu bebé y todo encaja.

    Pero déjame decirte, desde mi experiencia y la de muchas mujeres, que no siempre es así.

    A veces lo primero que aparece es el miedo.
    El shock.
    El cansancio.
    O esa sensación silenciosa de: “¿Esto es real?”

    Y entonces llega una compañera que te acompañará mucho tiempo: la culpa.

    Ojalá alguien me hubiera dicho que el amor también se construye.
    Que nace en los cuidados diarios, en ese olor a bebé recién nacido, en las noches interminables…
    en conocer poco a poco a ese ser nuevo y a la madre que tú estás siendo.


    2. El cansancio no se quita durmiendo

    Dormir poco es duro, sí.
    Pero hay un cansancio más profundo del que casi nadie habla.

    El cansancio de estar siempre alerta.
    De pensar por otros.
    De no desconectar nunca del todo.

    Ese cansancio que te vuelve más sensible, más irritable, más vulnerable.
    No es que no puedas con la maternidad, es que la maternidad exige muchísimo.
    Y, además, las hormonas hacen lo suyo.

    Reconocerlo no te hace débil.
    Te hace honesta.


    3. Llorarás… incluso en los días felices

    Llorarás cuando no puedas más.
    Pero también llorarás mirando a tu hijo dormir.

    Las hormonas, el cambio de vida, la responsabilidad y el amor inmenso se mezclan.
    Y llorar no significa que te arrepientas.
    Significa que te importa profundamente.

    Ojalá alguien me hubiera dicho que llorar también es parte del proceso de ser madre.


    4. Dudarás de ti más de lo que imaginabas

    Dudarás cuando sigas tu instinto.
    Dudarás cuando escuches consejos contradictorios.
    Dudarás incluso cuando hagas lo que sientes que es mejor.

    La maternidad está llena de voces externas…
    y de una voz interna que a veces cuesta escuchar.

    Con el tiempo aprenderás que tu intuición es una aliada, aunque tiemble.

    No necesitas hacerlo como otras madres.
    Necesitas hacerlo como la madre que tus hijos necesitan.


    5. La soledad existe, incluso rodeada de amor

    Puedes estar acompañada y sentirte sola.
    Porque tu mundo cambió de golpe y el resto siguió igual.

    Especialmente durante el embarazo y el posparto, existe una soledad silenciosa de la que casi nadie habla.
    Y no, no eres desagradecida por sentirla.

    Hablarlo, pedir ayuda, decir “no puedo sola” también es un acto de amor.


    6. Tu cuerpo cambia… y tu corazón también

    Tu cuerpo no vuelve a ser el mismo.
    Pero tú tampoco.

    Habrá días en los que no te reconozcas frente al espejo.
    Días en los que te cueste aceptar las marcas, el cansancio reflejado en tu cara.

    Pero ese cuerpo sostuvo vida.
    Ese cuerpo fue hogar, alimento y refugio.

    Mirarte con ternura también es parte de la maternidad real.


    7. No desapareces… aunque a veces te pierdas

    Durante un tiempo, todo gira en torno a ellos.
    Y es normal.

    Pero tú sigues ahí.

    Tus sueños, tus gustos, tu identidad no se borran.
    Solo necesitan espacio para volver a florecer.

    Ser madre no te apaga.
    Te transforma.
    Y reencontrarte contigo misma también forma parte del camino.


    Sobre todo, amiga, busca otras mamás con las que compartir esta etapa.
    A mí me ha ayudado un montón.

    Si estás leyendo esto y sientes que alguien puso palabras a lo que tú no sabías cómo decir, quédate con esto:

    💛 Lo estás haciendo mejor de lo que crees
    💛 No necesitas ser perfecta para ser una buena madre
    💛 No estás sola, aunque a veces lo parezca

    👉 Te leo en comentarios:
    ¿Qué cosa te hubiera gustado saber a ti antes de ser madre?

    Y si este texto te acompañó un poquito, compártelo con otra mamá.
    A veces, sentirnos comprendidas lo cambia todo 🤍o cambia todo.

  • Cómo enseñar a rezar a los niños pequeños sin obligarlos

    Amiga, seamos sinceras:
    ningún niño se enamora de la oración porque se le obligue.
    La fe, como el amor, se contagia, no se impone.

    Muchos padres queremos enseñar a rezar a nuestros hijos desde pequeños, pero nos asusta hacerlo mal, ser demasiado estrictos… o todo lo contrario: no hacer nada.

    La buena noticia es esta: no necesitas hacerlo perfecto, solo hacerlo real y con amor.

    La oración empieza antes de las palabras

    Los niños pequeños aprenden más por lo que ven que por lo que oyen.

    Antes de enseñarles una oración, ya les estás enseñando a rezar cuando:

    • te ven agradecer
    • te ven pedir ayuda
    • te ven confiar en Dios en lo cotidiano

    Un niño que ve a su madre o padre hablar con Dios, entiende que rezar es algo natural, no una obligación extra.

    Rezar con ellos, no exigirles que recen

    Un error muy común es decir:
    👉 “Tienes que rezar”

    Y cambiarlo por algo tan sencillo como:
    👉 “Vamos a rezar juntos”

    Cuando el niño siente que la oración es un momento compartido, no una orden, se abre con más facilidad.

    Ideas sencillas:

    • Rezar una frase corta juntos
    • Dar gracias por algo concreto del día
    • Pedir por alguien querido

    Aunque dure 30 segundos, ya es oración.

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    Oraciones cortas para niños pequeños (mejor que largas)

    Un niño pequeño no necesita memorizar oraciones largas.
    Necesita frases simples que entienda.

    Ejemplos:

    • “Gracias Jesús por este día”
    • “Cuida a mi familia”
    • “Ayúdame cuando tengo miedo”

    Aprovecha momentos cotidianos; al levantarse, antes de dormir, al sentarse a la mesa son oportunidades para mostrarles que rezar forma parte del día a día.

    Puedes repetir siempre la misma.
    La repetición da seguridad y crea hábito.

    Más vale una oración corta con sentido que mil palabras sin conexión.

    Convertir la oración en un momento bonito

    La oración no tiene por qué ser seria o rígida.

    Puedes:

    • rezar antes de dormir con luz suave
    • usar una imagen de Jesús o la Virgen
    • encender una vela (siempre con cuidado)
    • abrazarlos mientras rezan

    El niño asociará rezar con calma, amor y seguridad, no con obligación.

    Respetar su ritmo (aunque hoy no quiera)

    Habrá días en los que el niño no quiera rezar.
    Y está bien.

    Forzar ese momento puede hacer que lo rechace.
    En lugar de insistir, puedes decir algo como:

    “Hoy rezamos por ti”
    o
    “Jesús te quiere igual, aunque hoy no tengamos ganas”

    Eso también educa en la fe 💛.


    Enseñar que rezar es hablar con Dios, no hacerlo perfecto

    Explícales con palabras simples que:

    • Dios escucha
    • no se enfada
    • no exige palabras difíciles

    Un niño que entiende que puede hablar con Dios como habla con mamá o papá, rezará sin miedo.


    Cuando la fe se siembra con amor, crece sola

    No te midas por cuántas oraciones sabe tu hijo.
    Mídete por:

    • el clima que creas en casa
    • el ejemplo que das
    • la paz que transmites

    Se trata de que tus hijos entren en una relación con Dios y esto como toda relación lleva tiempo y paciencia.

    Cuéntame:
    ¿rezas con tus hijos? ¿qué te cuesta más de este momento?